La distancia de allí a la intimidad transcurrió en la misma clave sutil pero firme. Beatriz fue su mañana, su refugio, su escucha, su admiradora, su cómplice. Pablo, deslumbrado, sorbió gota a gota la fuerza que ella ponía en cada gesto, en cada palabra, en cada caricia. Él, por su parte, aportaba el asombro de descubrirse en ternuras impensadas, en entregas imprevisibles y en una guardia tan baja que podía prescindir de toda la elaborada trama intelectual.
El mundo entonces eran sólo ellos dos, aunque se desplazaran por variados escenarios y prodigaran los parlamentos necesarios para que continuara cada función. Sólo valía su código. Sus tiempos transfiguraban el orden del almanaque. Inés, esa perfecta alquimista del espíritu, como decía Mechi, los miraba y veía como se consumía el oxígeno mientras ellos, enredados en su juego y en su fuego, desconocían las leyes básicas de la respiración.
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